domingo, julio 03, 2005

  • Acceso a Sociedad Quinta Via
  • La próxima guerra... la guerra del agua

    El agua brota como el mayor conflicto geopolítico del siglo XXI ya que se espera que en el año 2025, la demanda de este elemento tan necesario para la vida humana será un 56% superior que el suministro... y quienes posean agua podrían ser blanco de un saqueo forzado. Se calcula que para los 6.250 millones de habitantes a los que hemos llegado se necesitaría ya un 20% más de agua. La pugna es entre quienes creen que el agua debe ser considerado un commodity o bien comerciable (como el trigo y el café) y quienes expresan que es un bien social relacionado con el derecho a la vida. Los alcances de la soberanía nacional y las herramientas
    legales son también parte de este combate.
    Para comprender el problema, hay que considerar un rosario de datos basados en la extracción, distribución y consumo del agua - lo muestran la Biblia o el Corán- que poseen la edad del mundo; que han dado lugar a conflictos de gran magnitud. Lo nuevo del caso es que, desde hace una década, se acumulan las cifras que presagian que el planeta se encamina a una escasez cada vez más marcada.

    El problema es que el agua es un recurso que se da sentado en muchos lugares, es muy escaso para los 1.100 millones de personas que carecen de acceso al agua potable, a las que habría que sumar otros 2.400 millones de personas que no tienen acceso a un saneamiento adecuado.
    El problema no es la falta de agua dulce potable sino, más bien, la mala gestión y distribución de los recursos hídricos y sus métodos.

    Más de 2.200 millones de habitantes de los países subdesarrollados, la mayoría niños, mueren todos los años de enfermedades asociadas con la falta de agua potable, saneamiento adecuado e higiene. Además, casi la mitad de los habitantes de los países en desarrollo sufren enfermedades provocadas, directa o indirectamente, por el consumo de agua o alimentos contaminados, o por los organismos causantes de enfermedades que se desarrollan en el agua. Con suministros suficientes de agua potable y saneamiento adecuado, la incidencia de algunas enfermedades y la muerte podrían reducirse hasta un 75 por ciento.

    La mayoría de las regiones, el problema no es la falta de agua dulce potable sino, más bien, la mala gestión y distribución de los recursos hídricos y sus métodos. La mayor parte del agua dulce se utiliza para la agricultura, mientras que una cantidad sustancial se pierde en el proceso de riego. La mayoría de los sistemas de riego funcionan de manera ineficiente, por lo que se pierde aproximadamente el 60 por ciento del agua que se extrae, que se evapora o vuelve al cauce de los ríos o a los acuíferos subterráneos. Los métodos de riego ineficiente entraña sus propios riesgos para la salud: el anegamiento de algunas zonas de Asia Meridional es el determinante fundamental de la transmisión de la malaria, situación que se reitera en muchas otras partes del mundo.

    Casi la mitad del agua de los sistemas de suministro de agua potable de los países en desarrollo se pierden por filtraciones, conexiones ilícitas y vandalismo. A medida que la población crece y aumentan los ingresos se necesita más agua, que se transforma en un elemento esencial para el desarrollo.

    En algunas zonas, la extracción del agua ha tenido consecuencias devastadoras en el ambiente. La capa freática de muchas regiones del mundo se reducen constantemente y algunos ríos, como el Colorado en los Estados Unidos y el Amarillo en China, se secan con frecuencia antes de llegar al mar. En China, las capas freáticas acuíferas del norte han descendido treinta y siete metros en treinta años y, desde 1990 desciende un metro y medio cada año. El mar interior de Aral, en Asia Central, ya ha perdido la mitad de su extensión. El lago Chad era hace tiempo el sexto lago más grande del mundo, en la actualidad ha perdido casi el 90% de su superficie y esta agonizando.

    Este recurso es un bien tan necesario que podría pasar a ser objeto de peleas políticas, si se lo observa sólo como un negocio: represas, canales de irrigación, tecnologías de purificación y de desalinización, sistemas de alcantarillado y tratamientos de aguas residuales. No debe olvidarse el embotellamiento del agua, puesto que es un negocio que supera en ganancias a la industria farmacéutica.

    El origen de esta comercialización del agua habría que buscarla en noviembre de 2001, cuando los recursos naturales al igual que la salud y la educación, empezaron a ser objeto de negociaciones en la OMC (Organización Mundial de Comercio). La meta final es la liberalización de los servicios públicos para el 2005. Esto que suena árido y aburrido, puede simplificarse: lo que hasta ahora era regulado por los estados, pasará a ser mercado de libre comercio.

    Dentro de este contexto, existen dos escenarios probables:
    La apropiación territorial:
    Esto podría realizarse mediante la compra de tierras con recursos naturales (agua, biodiversidad), tampoco se descarta un conflicto militar. Esta última hipótesis, nos transporta a la última guerra en Irak (Marzo 2003) y la apropiación de las grandes petroleras estadounidenses de los recursos iraquíes. No se descarta que con esa guerra hayan querido controlar los recursos hídricos de los ríos Eufrates y Tigris... ríos caudalosos en una de las zonas más áridas del planeta.
    La privatización del agua:
    En los últimos tiempos, las grandes corporaciones han pasado a controlar el agua en gran parte del planeta y se especula que en los próximos años, unas pocas empresas privadas poseerán el control monopólico de casi el 75% de este recurso vital para la vida en el planeta.

    Los gobiernos de todo el mundo -incluido de países desarrollados- están abdicando de su responsabilidad de tutela de los recursos naturales a favor de las empresas, según ellos, para mejorar la provisión del servicio. Las grandes corporaciones no son muchas. Las francesas Vivendi y Suez (clasificadas en los puestos 51 y 99 respectivamente en el Global Fortune 500 de 2001). La alemana RWE (en el puesto 53), que adquirió dos importantes empresas de agua, Thames Water en el Reino Unido y American Water Works, en Estados Unidos de Norteamérica. La intervención privada dio pie, en algunos lugares a un aumento exagerado del costo del agua. En la Provincia de Tucumán - Argentina-, la empresa Vivendi enfrentó la furia popular y en Sudáfrica la empresa concesionada con el suministro no tuvo problemas en cerrar la canilla de un 80% de los pobladores de Alexandra Township por falta de pago.

    El Banco Mundial juega un papel clave, fomentando las privatizaciones -prestando dinero para las reformas en el sistema de agua-, invirtiendo y finalmente como juez en caso de conflicto entre los inversionistas y los Estados.

    Mientras poblaciones no tienen acceso a la salubridad, grandes corporaciones venden agua pura embotellada para subsanar el mal. Entre 1970 y 2000, la venta del agua creció más de 80 veces. En 1970 se vendieron en el mundo mil millones de litros. En 2000, 84 mil millones. Las ganancias fueron de 2.2 mil millones de dólares.

    Los acuíferos más grandes que se conocen son:
    Acuífero de Areniscas de Nubia con un volumen de 75 mil millones de metros cúbicos.
    Acuífero del Norte del Sahara con un volumen de 60 mil millones de metros cúbicos.
    Sistema acuífero Guaraní con un volumen de 37 mil millones de metros cúbicos.
    Gran Cuenca Artesiana con un volumen de 20 mil millones de metros cúbicos.
    Acuífero Altas Planicies con un volumen de 15 mil millones de metros cúbicos.
    Acuífero del Norte de China con un volumen de 5 mil millones de metros cúbicos.
    El Acuífero Guaraní:

    El acuífero posee 132 millones de años. Sus orígenes se remontan a cuando Africa y América aún se encontraban unidas. Su extensión tiene las conocidas dimensiones del continente americano: 1.190.000 kilómetros cuadrados, una superficie más grande que la de España, Francia y Portugal juntas. Es conocido como el Gigante del MERCOSUR porque este inmenso reservorio de agua pura se extiende desde el pantanal en el norte de Brasil, ocupa parte de Paraguay y Uruguay y finaliza en la pampa Argentina. Incluso se sospecha que, a enormes profundidades, el acuífero se encuentra conectado con los lagos de la Patagonia. El volumen total del agua almacenada es inmenso. El volumen explotable en la actualidad es de 40 a 80 kilómetros cúbicos, una cifra equivalente a cuatro veces la demanda total anual de la Argentina.

    La investigación sobre el Sistema Acuífero Guaraní (SAG) estuvo, hasta 1997, a cargo de la Universidad de Santa Fe y Buenos Aires, de la Universidad de Uruguay y de varias Universidades Públicas Brasileras. Pero a partir de esa fecha paso a ser parte de un proyecto financiado por el Banco Mundial y todo se tiño de sospechas.

    En la Argentina, a través de un estudio realizado por Elsa Bruzzone se llegó a una preocupante conclusión: La cíclica presencia del Comandante del Ejército Sur de EEUU, en la Triple Frontera -Brasil, Paraguay, Argentina-, la declaración del Departamento de Estado y los rumores de que allí habría terroristas tiene un objetivo el control del Sistema Acuífero Guaraní (SAG), un verdadero océano de agua potable subterráneo que tiene allí su principal punto de recarga.

    Brasil, también puso el grito en el cielo, al declarar a través de Aurelio García que: EEUU puso al Banco Mundial y a la Organización de Estados Americanos al frente de un proyecto que busca detectar la magnitud del recurso, asegurarse su uso de manera sustentable, evitar la contaminación y mantener un control permanente hasta cuando lo considere conveniente.

    Quienes defienden la iniciativa de la Organización de Estados Americanos aseguran que por falta de dinero en las Universidades, se busco el apoyo de aportes provenientes del GEF, un fondo donde todos los países del mundo ponen dinero para desarrollar estudios y proyectos ambientales. Se presentó un buen proyecto y este fue aprobado, lo que significa que de alguna manera se están recuperando el dinero invertido en aquel fondo. El Banco Mundial maneja el aporte. Es como el operador de cuenta de un banco.

    El alcance del problema del agua no sólo apunta al bolsillo de cualquier consumidor, sino que es una estocada al estómago del fundamentalismo de mercado imperante en la aldea global, por lo cual todo tiene precio y con mayor razón lo que es escaso. La revista Fortune expresó: El agua promete ser en el siglo XXI lo que fue el petróleo para el siglo XX, el bien precioso que determina la riqueza de las naciones. Sin embargo, 160 gobiernos reunidos en la Haya -Holanda- en el 2000 acordaron definir el agua como una necesidad humana y no como un derecho del hombre. No es pura semántica... Un derecho no se compra.

  • Acceso a Sociedad Quinta Via
  • La improbable guerra del agua

    Entrevista realizada por Amy Otchet, periodista del Correo de la UNESCO.

    Una de las controvertidas presas turcas en Mesopotamia.


    “Impidamos que una sola gota de agua que caiga en la tierra llegue al mar sin haber servido a la gente.”

    Parakrama Bahu I,
    rey de Sri Lanka.
    (1153-1186)

    “El agua será el móvil de las guerras del siglo XXI”. Esta sombría predicción es refutada por el geógrafo estadounidense Aaron Wolf*, quien analiza los incidentes sobre el agua que han jalonado la historia.

    Cuando habla del agua, la prensa siempre evoca el espectro de conflictos pasados y futuros causados por ella. Usted ha analizado todos los acuerdos e incidentes internacionales relativos al agua. ¿De cuándo data el último conflicto entre dos Estados provocado por el agua?
    El único caso conocido de una verdadera guerra por ese motivo se remonta a 4.500 años. Opuso a dos ciudades de Mesopotamia a propósito del Tigris y el Éufrates, en el sur del actual Irak. Desde entonces el agua ha envenenado las relaciones internacionales, pero también se observa a menudo que Estados hostiles —como la India y Pakistán o israelíes y palestinos— resuelven los conflictos suscitados por el agua a la vez que siguen luchando encarnizadamente en otros terrenos.
    También he examinado todos los incidentes que han opuesto a dos Estados en el último medio siglo acerca de las 261 cuencas fluviales existentes en el mundo. De un total de 1.800 casos, dos tercios tenían que ver con la cooperación, como la realización de investigaciones científicas conjuntas o la firma de más de 150 tratados relativos al agua.
    En cuanto a los aspectos negativos, 80% consistieron en amenazas verbales y posturas adoptadas por jefes de Estado, dirigidas probablemente a su propio electorado. En 1979, Anuar el Sadat declaraba, refiriéndose al Nilo, que “el agua era el único aspecto que podría llevar a Egipto a entrar de nuevo en guerra”. Al parecer, el rey Hussein de Jordania dijo lo mismo en 1990, refiriéndose al Jordán. Sin embargo, en los últimos 50 años sólo se ha combatido por el agua en 37 casos, de los cuales 27 han opuesto a Israel y Siria a propósito del Jordán y del Yarmuk.

    Pero hay quien defiende que las tensiones que provoca la creciente escasez de agua impiden estudiar el pasado para predecir el futuro.
    Los casos más graves parecen ser el del Tigris y el Éufrates y el del Jordán. Los países limítrofes que padecen sequía tienen medios para desviar el agua de sus vecinos, lo que entraña una terrible enemistad entre ellos. Sin embargo, todos han logrado concertar acuerdos.

    Los Estados han ido a la guerra por el petróleo, ¿por qué no por el agua?
    Estratégicamente, las guerras por el agua no tienen sentido. Luchando con el vecino no se incrementan las reservas de agua, a menos que uno pueda apoderarse de la cuenca hidrográfica del otro y despoblarla sin correr el riesgo de terribles represalias.

    Pero el agua ha sido utilizada como arma y objetivo de guerra.
    Se trata de otro problema, que existe desde siempre. Durante la guerra del Golfo, Irak destruyó casi todas las plantas de desalinización de Kuwait y la coalición aliada dirigió sus ataques contra el sistema sanitario y de abastecimiento de agua de Bagdad. Antes de la intervención de la OTAN en Kosovo, en 1999, los ingenieros serbios cerraron el sistema de distribución de agua de Pristina.
    Sin embargo, hay que distinguir entre el agua como fuente de conflicto, como recurso y como arma de guerra.

    ¿De dónde viene entonces el rumor de una guerra del agua?
    En parte del periodo posterior a la guerra fría, cuando los ejércitos occidentales empezaron a preguntarse: ¿ahora qué hacemos? La preocupación por la “seguridad medioambiental” nació en aquella época. Hacia 1992, numerosos politólogos empezaron a sostener que la escasez de recursos iba a conducir a una guerra. Y, claro, cuando se es consciente de la importancia de los ecosistemas, es tentador considerar al agua como una fuente de conflicto.

    Usted afirma en cambio que el agua, por su naturaleza misma, incita a los Estados a cooperar. ¿Qué ejemplos podría citar?
    Los acuerdos de Oslo entre israelíes y palestinos nacieron de conversaciones privadas que mantuvieron en Zurich responsables del agua de la región, en 1990. Fueron ellos quienes pusieron en contacto a sus respectivos responsables políticos e inspiraron el proceso que condujo a los acuerdos.
    Ese tipo de encadenamientos es frecuente, pues el agua conduce necesariamente a tratar otros aspectos. Varios Estados ribereños del Nilo empezaron por celebrar conversaciones sobre el agua y ahora están elaborando un acuerdo que abarca, entre otros temas, la red de carreteras y la infraestructura eléctrica (ver páginas 30-31).

    Usted sostiene que el peligro mayor no es la escasez de agua, sino el intento de un país de dominar una vía fluvial internacional. A menudo surgen conflictos relacionados con proyectos de construcción de presas. Pero por lo general dichos proyectos requieren la participación de organismos como el Banco Mundial. ¿No podrían esas organizaciones tomar mayores medidas para impedir que surjan problemas?
    Lo que usted sugiere ya se ha hecho. Pero como la mayor parte de la inversión procede del sector privado, los criterios de los bancos de desarrollo ya no se tienen en cuenta. Turquía, por ejemplo, ha reasignado fondos privados y públicos a la financiación de un proyecto muy controvertido, bautizado GAP, que contempla la construcción de 22 presas y 19 centrales eléctricas sobre el Tigris, el Éufrates y sus afluentes. Lo mismo sucede en la India con la presa de Narmada, y en China, con el proyecto de las Tres Gargantas.

    La cuenca del Tigris y el Éufrates suele ser considerada un polvorín. ¿Qué podría impedir que Turquía, tal vez el Estado más poderoso de la región, favorezca sus propios intereses en perjuicio de Irak y de Siria?
    Muchos comparten ese temor, pero es muy significativo que cuando en 1991 los países occidentales pidieron a Turquía que interrumpiera el curso del Éufrates hacia Irak, el gobierno turco respondió: “Pueden ustedes utilizar nuestro espacio aéreo y nuestras bases para bombardear Irak, pero no vamos a privar a ese país de agua.”
    Desde los años setenta, entre Turquía, Siria e Irak existe un acuerdo tácito, que la primera, aunque construya las presas, sigue respetando. Más allá de la polémica, Siria e Irak reconocen la utilidad de las presas, que regulan el caudal del río y prolongan la temporada agrícola. Por su parte, Turquía quiere ser mirada como un vecino leal en primer lugar porque es miembro de la Otan, pero también por consideraciones internas y porque intenta ingresar en la Unión Europea. Lo difícil es convertir un acuerdo tácito en explícito.

    Los expertos sostienen que una cuenca fluvial debe ser administrada conjuntamente, pero la negociación de tratados multilaterales sobre el agua es un auténtico rompecabezas. ¿Cuáles le parecen más eficaces, los acuerdos multilaterales o los bilaterales?
    Cuanto mayor es el número de participantes, más difícil resulta entenderse, sobre todo si está en juego la soberanía de un país. Veamos el caso del Jordán: existe un acuerdo entre Siria y Jordania, otro entre Jordania e Israel, y uno más entre Israel y los palestinos –o sea, una serie de acuerdos bilaterales para una cuenca multilateral bastante bien administrada, aunque los palestinos terminen por reivindicar y probablemente por obtener derechos de agua más amplios.

    Algunos economistas son partidarios de crear un mercado internacional del agua para evitar conflictos. Pero en ese caso, cabe citar el enfrentamiento que opone Estados Unidos a Canadá, que exige a esta última que venda sus recursos de agua en el marco del Tratado de Libre Comercio, lo que Canadá rechaza. ¿Tratar el agua como un recurso económico puede resolver algo?
    Los economistas pueden destacar y cuantificar los beneficios que ofrece el agua, como la energía hidroeléctrica. Por ejemplo, Estados Unidos y Canadá suscribieron un acuerdo en virtud del cual el primero dispone de presas de control de las crecidas en territorio canadiense. A cambio, Canadá recibe un pago por el servicio que brinda. Suele ser más fácil y más justo repartir esos beneficios que el agua misma.
    Los economistas nos recuerdan también la necesidad de recuperar los costos de distribución, de tratamiento, de almacenamiento del agua, etc. A menudo tenemos que pensar en términos de mercado —comprar y vender agua como un producto— aunque en la práctica nunca se haya actuado así a nivel internacional. Por mi parte, dado el apego emocional, estético y religioso que siento por el agua, me resisto a considerarla una simple mercancía.

    * Director del proyecto de base de datos Transboundary Freshwater Dispute (Conflictos transfronterizos sobre el agua, http://www.terra.geo.orst.edu) y profesor de la Universidad de Oregón, Estados Unidos.